SENSIBILIDAD

martes, 16 de febrero de 2010

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No recuerdo el llanto sensible del bebe. Con mucho tesón conseguí bloquear la alegría y la tristeza, la distinción entre dolor o placer, la diferencia entre caricias o raspaduras. Aumenté mis defensas exteriores, cuánto os debo amigas esquinas!.
Con estos ingredientes creé un robot humano, preparado para cualquier batalla y adversidad, sin que su estructura se viera afectada, el humanoide perfecto, no descansa, no come, no bebe, no siente el dolor, imperceptible al cariño, no llora, no piensa en sus necesidades, trabaja y pelea sin descanso.

Un café consiguió que percibiera y comprendiera que soy un ser vivo, admitiera que soy humano, aprendiera el significado de la sensibilidad. Por primera vez, su aroma, me despertó, por primera vez, su sabor, rebajó mi dosis de ansiedad y los remordimientos de mi quietud en el paso del tiempo. Por primera vez deseé una detención en el espacio y en las secuencias horarias, los segundos comenzaron a pasar fatigados y somnolientos. Mi primera vez me abrió al aprovechamiento de lo simple y comencé el disfrute de lo primario.

Ese café, aquella plaza, el fuego de sus antorchas, una conversación, eso fue la mecha que encendió la sensibilidad de una persona, de mi persona, que me permitió descubrir en los demás el otro yo y algunos pedazos enmascarados del mío.
Comencé a dejar atrás la indiferencia en la que me había anclado y volví varias noches, a contemplar el espectáculo nocturno, que producía la explosión del fuego en el cielo y las sensaciones que mi exterior captaba y mi interior transformaba en necesidades contradictorias.

Descubrí por primera vez la realidad, quizá más dura, quizá diferente y des idealizada, pero una realidad viva, llena de ilusiones, emociones y sentimientos.