Ven y alumbra, llega al oído del sordo, revive aquella rosa marchita de capullo cerrado. Antes recitada ora olvidada.
Llegaste con tu secreto de vida un frío invierno.
Caliente e impaciente bajo el abrigo invisible del desnudo.
Más allá del dulce lecho de tu mamá, más allá de la sensatez de tu papá, más allá del amor plural y de las ilusiones de otros, estás tú.
Elegante, caballeroso, fuerte, señorial, angelical, conquistador de ríos sanguíneos impulsados por tu palpitar.
Cuando tu verbo haga justicia a tu porte, se digno de ti mismo, crece y abandera los valores morales inculcados por los que obraron tu milagro.
Tu llegada se debe a un fin, llegaste con el propósito de vivir, has llegado para abrazar la alegría y la tristeza hasta que te duelan los brazos y el corazón de tanto amar lo vivido.
Heredero de cantares y risas, de antepasados pétreos con corazones ardientes, legatario de variopintas historias de amores y desamores, alegra el eco de la nostalgia.
Tienes rostros donde apoyarte, manos para entrelazarte, corazones donde calentarte, ojos para guiarte. Muchos hacemos uno, uno sólo, somos cero.
No apagues la luz, tengo que dormir y necesito tu esplendor.
sábado, 12 de junio de 2010
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