RECUPERO EL HABLA

sábado, 1 de agosto de 2009

 

Nací y no podía hablar, no podía expresar abiertamente lo que me pasaba, lo que pensaba, porque sufría, mis momentos de alegría. Bajo esas circunstancias de indefensión, son otros los que marcan tus pasos, los que deciden cómo seremos de mayores, los que nos hacen súbditos del miedo y marcan nuestros futuros traumas.

Creces y no puedes hablar, aprendes a callar, a no molestar, a ser un eslabón roto dentro de la cadena social, aprendes, que ser un inútil, es igual a, te quiero. Todavía no tienes poder de reacción para luchar y zafarse de todo aquello que te destruye poco a poco, bofetada a bofetada, insulto a insulto, grito a grito, desprecio a desprecio, humillación a humillación.

Maduras y no puedes hablar, quieres olvidar, quieres, no escuchar más palabras del demonio, quieres esconder tu debilidad, tus tormentos, tus miedos y huyes. Escapas de las personas, de la vida, de la dignidad, de tus necesidades y pides perdón por vivir, por respirar, por pensar, por querer.

Sigues callado y en el transcurso de la vida te vuelves a encontrar con diablos disfrazados de amistad y amor, que te recuerdan que naciste para ser inferior, para ser el culpable de todos sus miedos. Te hacen responsable de sus necesidades, de sus carencias, de su amargada vida y descargan su furia, su odio, su ira, su violencia en ti y tratan de maquillarte con su verborrea, digna de los grandes clásicos literarios, de los excelsos oradores que arrastran a las masas y con sus opiáceos verbales aletargan el pensamiento individual.

Ya no quiero callar más tiempo, he conseguido pronunciar su nombre, el nombre que se merece y no me atrevía ni siquiera a insinuar. De un tiempo para aquí no necesito callarme, quiero hablar, hablar y seguir hablando. De un tiempo para aquí, he aprendido a valorarme, a respetarme, a decir en voz alta que hay maltratadores y que no voy a dejar que quiebren más veces mi camino. No ha sido fácil conseguir abrir la boca, colocar las piezas del puzzle, enfrentarme al mal y tampoco lo va a ser continuar, pero creo en mi, en mis valores, en mis convicciones, en mi fuerza, en mis decisiones y en mi voluntad de cambiar el sino que me había arrastrado hasta el paraíso de los odios.
Hoy, ya no tengo mis labios lacrados y gracias a lo aprendido nunca dejaré que vuelva a suceder, no podrán amansar mis ganas de vivir, de querer, de reír, de llorar, de ser parte activa de este mundo y comenzar a experimentar la sensación de la libertad, sin opresiones, sin golpes, sin miedos, sin comparaciones desacreditativas.
Gracias a ti y a todo el que me ha ayudado. Gracias por tu apoyo, por tu luz, por hacerme abrir los ojos. Gracias

2 comentarios:

Maria dijo...

Me gusta que te hayas rebelado y estés de pie sobre tu vida, te tenían remando siendo el Capitán.

Au, al timón. Tú diriges. Y mandas.

daniel dijo...

Los galones pesan mucho, compartiré el timón con mi loro, ha surcado todos los mares con éxito y bebido los mejores rones.

Al abordaje!